Inicios I



El inquebrantable silencio supuraba notas de plata. Esperaba en un banco sin nombre. En las toscas botas que llevaba aún le quedaba barro del día anterior, pero no eran más que los restos de una noche finita. Era un buen día, le había mirado el bibliotecario con una sonrisa socarrona, el que siempre tenía ese posado melancólico. Al entrar se había tropezado con el tipo de la chaqueta de cuero y dura mirada. Iba en el mismo acorde que aquel día de invierno. Cuando salió, tenía la cabeza que daba vueltas sobre sí misma. Era tarde y se le habían escapado las horas entre libros. Sólo esperaba que le vinieran a buscar, era tarde y los faros de los coches iluminaban sus brillantes ojos. Eran un gran tesoro que a veces ocultaba bajo unos mechones de pelo que saltaban a su ritmo cuando caminaba. Improvisaba un pequeño ritmo con sus finos dedos sobre el basto metal. La luz se cerraba y se planteaba el terminar, tan solo por ahora. Le abrumaba aquel color que transmitía esa tarde. Era la luz que venía a través del cristal. 

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