«Amores que matan nunca mueren»
A mi
Barcelona.
Y
tener que escribir sobre mi ciudad cuando estás lejos, a 2.000 Km de
distancia por carretera. Porque te das cuenta de que realmente la querías, la quieres. Te sientes libre y osado cuando bajas en la
estación de Plaza Cataluña y la gente te empuja para subir por las
escaleras mecánicas. Y cuidado, que hay quién tiene prisa. Tú solo
quieres correr porque pensabas que llegabas tarde. Pero no. Porque en
realidad no has quedado con nadie, solo quieres volver a ver a Colón
pisando el mar, señalando sueños y escuchar a la gente que te
reparte folletos y diciendo estupideces sobre una iglesia, sobre un
nuevo club, que si quieres una copa, que si yo te acompaño. Y ver a
prostitutas y borrachos nadar entre los callejones malolientes
creyendo que están en el club de natación de La Barceloneta. Y cuando sube un hediondo olor sabes que pasas por algún
callejón que da a Carrer Tallers. Ves esa gente, despeinada, como
tú, devorada por los años y las modas, (como tú) y quizás cambias
de rumbo.
Sí,
cambias de rumbo hasta la facultad de letras. Ese sueño que no pisas
porque no es ni siquiera tuya. Pero te sientas en un banco y escuchas
como las palabras te vuelven al presente. Recuerdas como te decían:
Ahí estudié yo, allí daba latín, allí hay un bucólico jardín.
Y el tranquilo jardín se convierte poco a poco en realidad, cuando
pasas por los pasillos y llegas a ese rincón de la ciudad. Es
bonito, sí. Quién diría que un lugar así se encuentra entre tanto
taxi, tanta moto, tanto autobús con garras y dientes. Te sientes más
Andrea ahora. Qué diría Carmen Laforet. Y vuelvo a la realidad
cuando ves a más de 20 gatos rodeándote, intentando acorralarte.
Así te sientes tú, acorralado, contra las cuerdas. Y vuelves a la
tierra, ves los gatos y casi puedes ver como un nauseabundo olor sube
desde el suelo. El verano o el invierno. Qué más da. Es Barcelona.
Sin
embargo, la quieres. Como si se tratara de una composición sabinera
pero en Barcelona. Vas por las avenidas principales con tu coche de
hace más de una generación y ves los edificios modernistas, que si
Güell, Gaudí, las gaviotas, un semáforo en rojo. Acordándote de
la Barcelona de Marsé subes al barrio de El Carmelo a ver la
panorámica y te sientes diminuto, confuso. Es apabullante. Y
recuerdas las salidas al zoo, al Aquarium, al Maremagnum. Los museos,
los teatros y las tiendas se abren paso en la memoria.
Pero
no estás allí y solo se te ocurre la estúpida idea de recordarla,
de idealizarla en su máxima expresión. Porque sabes que cuando
estás allí en verano te agobia el calor cuando bajas en la estación
de plaza Cataluña llevándote casi al desmayo. Y en invierno la
muchedumbre que acude en tropel al centro te dan arcadas. Pensándolo
bien, cuando pones los pies en la gran ciudad siempre piensas que no
podrías vivir allí, que qué agobiante.
“Protocolo
por contaminación activado” y los altos índices de contaminación
que hacen del aire irrespirable, asfixiante. Con lo que me
gusta mirar el cielo estrellado...Y casi nunca se pueden ver desde
Barcelona. Y el barullo, la ensordecedora ciudad que me grita al oído
que qué hago allí, que qué debo hacer.
Pensándolo
bien:
Que te quiero y te odio.
Espectacular! Muy chulo.
ResponderEliminar¡Muchas gracias!
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