G.
Una pelirroja angustiada vaga entre el
viento helado escocés. Se la ha llevado el viento y va vociferando
por ahí un tejemaneje de palabras. Tiene el rostro salpicado de
diminutas estrellas desde pequeña. Me contó que la sopa le había
salpicado tanto que se había manchado hasta las mejillas. La verdad
es que le gustaba más pensar que era así y no que fueran simples
pecas. Su mirada brillante se había quedado mate de tanto llorar
porque no le gustaban las unidades de medida. O más bien las de
tiempo y longitud elevadas al cuadrado. Su gato se pone a maullar por
las noches desde Barcelona cuando ella, en realidad, vive en Madrid.
Y a mí ese loco no me deja dormir. Su llanto es eterno y me cala
hasta las sábanas.
Y ahora pongamos que hablo de Madrid,
que no tengo prisa. Pongamos que hablo de la pelirroja que se come
ciruelas en el comedor. Y pongamos que hablo del pasado, como si ya
no me parara a verte fruncir el ceño entre libros.
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