Entre París y Chamonix¹
El
frío desagradecido de las mañanas ruge en la boca del estómago.
Despeñan minúsculos pesos los días en entretejidos de mármol y
cristales empañados. En las alacenas guardo estornudos madrugadores
gracias a cronotopos descompasados. Asibilan los días esféricos
mientras la sangría de una mujer se descascarilla al despuntar sus
dedos sobre las ventanas del vagón. En la ciudad los semáforos
arrebolan mis mejillas.
El
hórror vacui hace presencia en la sala. Suena música de fondo y se
olvidan los apelativos que estrangulaban la libertad de cuando éramos
jóvenes. Apellido, nombre. El crujir de la cerradura quiebra la sala
mientras despunta la polifonía de conversaciones. El níveo y
aséptico que asoma por la puerta nombra por segunda vez el apellido.
Decía
adiós no solo a las noches contando jamases sobre su espalda. No me
despedía de estrellas ni proyecciones cartográficas. Los
escalofríos ocultaban la inspiración. Separaban la esquelética
franja entre tener los pies en el suelo o en su jergón. A mí lo que
me gustaba eran las constelaciones que se desprendían en
triangulares leónidas. Lo que me gustaba eran las comas que las
escrupulosas formas aludían entre ese universo en el que fluctuaba.
Esas comas frontales en los que el duro hueso componía un Banksy
reivindicativo o un Kandinski, quién sabe. Y al volver la vista
atrás, los dos puntos venusianos marcaban la diferencia en la
conclusión de esa oración que rezaba en tu espalda: decíamos punto
y final a los titilantes signos que iban a la deriva muriéndose por
tu cruz. Ahora todo esto iba a desvanecerse entre estériles paredes
y la luz fulgurante del sin saber. Querían acabar con los puntos y
aparte hasta sublimarlos y encerrarlos en una bujeta.
Con
el claxon se enjuagan los primeros pensamientos de la mañana
siguiente. Era parte de la trinchera que formaba el embozo de la
sábana de minutos antes en sueños. La operación nos había llevado
de París a Chamonix poniendo fin a la discusión. La aceptación
renuente del vacío me obligaba a viajar por el eritreo desconocido.
¹
Pascal, el principal oponente a la idea sobre si «La
Naturaleza aborrece el vacío», respondió «¿Y lo aborrece más
en París que
en Chamonix?»
ante esta discusión. Su respuesta fue clave para determinar quienes
tenían la razón.
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