La hora del recreo

Por fin acaba de llegar. Se disculpa por haber llegado tarde con amabilidad. La verdad es que a veces tengo miedo de entablar amistad con alguien con quien de pequeño podría haber sido mi peor enemigo. Con aquel tipo de niños con los que hubieras tenido peleas y tus padres te hubieran castigado sin televisión, sin salir, sin tu juguete favorito. Me agarra un ligero letargo cuando miro a alguien a los ojos y me estrecha la mano por primera vez. Recuerdo las pequeñas caminatas entre los arbustos del colegio y veo a los niños jugando con la última estúpida moda, de la que, obviamente, todos éramos partícipes. Veo las exclusiones, la diversión, la envidia y la amistad. Mientras observo, intento imaginarme la cara del desconocido que tengo delante entre esos niños. ¿Con quién se juntaría él a la hora del recreo? 

Lo saludo cordialmente. Un apretón de manos con la presión adecuada. No le sudan las manos y tampoco las tiene frías. Un estrujón cálido, dejando clara la justa distancia entre los nuevos dos conocidos. La sonrisa perfilada, los ojos de una oscura tranquilidad. Exhalo el poco aire que quedaba en mis pulmones y le invito a sentarse en la silla de al lado. Coherencia de adultos. ¿Y si el mundo de los adultos también fuera el patio del cole? Se acerca la camarera meneando sus curvas en un vaivén sinuoso. El último garito de moda de la ciudad. Modernos con las camisas de la última temporada, chicas de labios chanel, amantes de carnes prietas curtidas en gimnasios con hilo musical de radio-éxitos. El local elegido mantiene un tono constante, nadie alza la voz más de lo debido, la luz del sol entra por los ventanales y la civilizadas mesas se mantienen en su justa distancia para no escuchar con claridad conversaciones ajenas. El suelo retro, las paredes decoradas con fotos en blanco y negro y las flores sobre la mesa recuerdan los precios de la carta. 

Minuto y medio de tensión. Pedimos los platos a la angelical camarera y al momento nos trae las bebidas. Bebo y mi sensibilidad dental hace que un escalofrío recorra mi columna vertebral justo cuando la camarera vuelve a pasar a mi lado. Diría que se ha dado cuenta del rayo que he sentido. Creo que el otro comensal está adivinando que me he perdido entre los pensamientos cuando sonríe y plantea el asunto de nuestro encuentro: Bienvenido al mundo de los adultos. 

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