Conciertos de estación
Escribo desde
la oficina de mi amigo el trotamundos, el de los pájaros en la cabeza y los
pies en el untuoso fango de la desdicha. Aprendo de él a través de su guitarra
de cuatro cuerdas que no tiene dueño. Siempre le observo desde el vagón de
enfrente, maldiciendo al impostor en que me convertí. Oscuros ojos de vidas
ajenas. Concierto de fino violín en el que toca el vagabundo, unos acordes antes
de que le de la luz mañanera de la estación.
Mis manos están vacías, ni tan
solo un cuerpo que discernir debajo de estos ropajes de noches pasadas. Mirada
esporádica y sincera, el miedo se apoderó de mí. La mejor de sus sonrisas y un
cartón compartido con olor a realidad. Embriagado por un morapio barato, amando
a la de las cuatro de la mañana del día anterior, así me encontraba yo.
Fragancia de años vividos, piel sinuosa, tacones de alcohol. Cuando desperté
solo quedaban ojeras de huidas pasadas, carmín en la almohada y botellas
vacías. Las nauseas se apoderaban poco a poco de mí. Volvía a sonar la melodía
de siempre, en mi mente sus piernas se entrelazaban con mis balbuceos. No más
besos de alquiler, no más robos al alma, me repetía... Y seguía allí, con mi
aliado bajo la espesura de lo desconocido y la niebla entre mis dudas.
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