Sed de letras

Hace días que no tengo nada que decir. Nada que escribir. Pasan y pasan los días en su propia dimensión y sigo sentada, permanente, estática. Muertas las noches y muertos los días por el tiempo que pasa. Era una noche sedienta, de canciones olvidadas. Comía chocolate por si acaso y veía fotografías en colores vivos para que me trajera el empujón que a veces necesitaba. Escribía en pasado para sentirme más presente y pasaba folios de izquierda a derecha sin musitar palabra alguna. Eran paseos de adivinanzas y acertijos, de coloreadas dimensiones inacabadas. Infinitas miradas en blanco y negro. Construía un puente hacia nuevos descubrimientos. Aunque la humanidad hubiese descubierto ya la luna, yo no sabía que existía hasta que la saboree. Siempre era miscelánea de noches y días, de vanidades y profundidades. Me encontraba inventores de futuro, amantes callejeros que enseñaban tanto como cualquier aula. Independiente, aires de grandeza y vueltas de tortillas a la realidad es lo que pensaba a las diez de la noche de uno de los últimos veranos.

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